Como muchos otros puertos del Cantábrico, Lastres tuvo un intenso pasado ballenero. La caza de la ballena, introducida en estas costas por los balleneros vascos desde la Edad Media, convivió con la pesca y alcanzó su mayor auge entre los siglos XVI y XVII.

Desde las atalayas —miradores estratégicos sobre el mar— los vigías oteaban el horizonte buscando el chorro de la ballena; al avistarla, avisaban para que los balleneros salieran a la mar en sus barcas. De aquella actividad nace el Barrio de los Balleneros, el núcleo original del pueblo.
La ballena franca fue escaseando y, ya en el siglo XVIII, la caza se abandonó. Pero su recuerdo sigue vivo: en la toponimia (La Atalaya), en el nombre del barrio y hasta en algunas casas, donde se reaprovecharon huesos y vértebras del animal.
Entre los siglos XVI y XVII, la caza de la ballena fue el gran motor de Lastres y le dio años de prosperidad que pocos puertos asturianos conocieron. El sistema era pura organización vecinal: desde el alto donde hoy está el mirador de San Roque, un vigía oteaba el horizonte, y cuando avistaba un cetáceo hacía tocar la campana de la ermita para que los pescadores corrieran a los botes.
De aquella industria queda el barrio más antiguo y con más encanto del pueblo: el Barrio de los Balleneros, el núcleo primitivo de Lastres, con la Calle Real como espina dorsal. Sus casas de dos y tres alturas guardaban la bodega abajo y la vivienda arriba, con los corredores de madera mirando al sur para atrapar la luz. Y esconden un secreto: en algunas bodegas del barrio se conservan todavía vértebras de ballena reutilizadas como asientos y costillas de cetáceo integradas en los tabiques. En pleno barrio, la cofradía levantó en el siglo XVI la capilla del Buen Suceso, la ermita más antigua del pueblo, fruto de las promesas hechas al mar.